21 de enero de 2018

Carlos Murillo/ Analista | La Palabra

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Ricardo Monreal 


La Palabra, así con mayúsculas, es sinónimo de dignidad y compromiso, éstos dos, valores universales que están en la cima de la pirámide de la ética. El lenguaje nos hace humanos, pero la Palabra nos hace sabios.

Quien conoce su valor no se equivoca, porque su apuesta es infinita; todos sabemos que al final de nuestros días nos convertiremos en polvo, pero quien le da valor a su Palabra en vida no regresará al polvo, se convertirá en Palabras.

Tener Palabra implica tener carácter, no cualquiera sostiene su Palabra frente a la realidad, mucho menos ante la tormenta, quizá por eso son pocos los que logran mantenerla como quien sostiene una bandera en el campo de batalla.
El único patrimonio que puede heredar un hombre es su Palabra y a la patente de corso le llaman apellidos. Y quien recibe tan preciado don está obligado a atesorar su historia y preservarla para entregar la estafeta después, en el ciclo eterno de la vida.

Como depredadores de la Palabra, están las miserias humanas, las que se reproducen en el hígado para resortear los instintos como dardos, esos que lanzan al débil hasta su origen salvaje en un instante y son el retorno al estado más primitivo del ser humano.
En apariencia, abandonar la Palabra llevará a un oasis sin ataduras, la ínsula que prometía El Quijote a Sancho Panza donde podrá gobernarse sin obedecer ninguna regla, pero este espejismo es un laberinto sin salida. Una vez perdido, quien abandona su Palabra comienza a bajar la espiral al centro del infierno que narraba Dante Alighieri en la Divina Comedia. Pero lo que se muere no es el hombre, sino su Palabra.

Desde las primeras civilizaciones antiguas, la Palabra tenía un valor supremo, según Michael Foucault, cuando alguien comparecía ante un jurado tenía que jurar por los dioses apretando su espada con una mano y poniendo la otra mano en el corazón, simbólicamente esto representa la mayor promesa de cumplir su Palabra.
Los juramentos romanos también tenían un ritual para ofrecer la Palabra y si se descubría un engaño frente a la autoridad la pena era la muerte. Así, los romanos descubrieron una función social de la Palabra: lograr la paz y la justicia entre los hombres, por eso es la gran civilización de occidente.

Las traiciones, así como la decadencia moral y política, fueron las causas principales de la decadencia del imperio romano; sin el respeto por la Palabra, el mundo occidental comenzó una transformación que llevaría a la época más oscura de la historia, donde la Palabra fue secuestrada por el dogma y se confundió con la verdad moral.

Después, tras el renacimiento de la cultura occidental, el razonamiento recuperó la Palabra secular, algunos trasnochados modernos pensaron que era aplicando el silogismo lógico como la Palabra se convertiría en una ecuación, pero la Palabra es más una promesa que un algoritmo.
En este sentido, hay que decir que la Palabra es el requisito indispensable del diálogo y el consenso, porque la moneda de cambio entre los interlocutores es la Palabra. Por eso, solamente con la Palabra puede existir la evolución política que entendemos por democracia.

“En la política –como en la vida– la forma es fondo” dirá don Jesús Reyes Heroles en pleno siglo XX, sintetizando un ideario político donde la Palabra se descubre como tradición que dota de identidad a una institución política, el Partido Revolucionario Institucional, un partido que nace por la necesidad de agrupar a todas las fuerzas militares y políticas después de la Revolución Mexicana que se mantenían en conflicto.
La Palabra convertida en acuerdo nacional permitió el nacimiento de la Constitución de 1917 y después fue el canal de parto para acabar con un periodo de ingobernabilidad conocido en la historia como la Decena Trágica.

Una expresión política, cualquiera que sean sus siglas, logra permanecer porque sus políticos comprenden que en las formas está la liturgia y que sin eso regresaríamos a un periodo salvaje. Así, la única manera de continuar en la lucha social es privilegiando la Palabra.

Es importante saber que quien abandone su Palabra será perseguido por su propia sombra, porque la traición es una mancha que no se borra nunca y también se hereda.
En días pasados, Ricardo Monreal, político mexicano que actualmente milita en Morena, escribió un artículo para el diario Milenio, en relación con el caso de Manlio Fabio Beltrones, quien ha sido involucrado en los medios de comunicación con la cacería de brujas de Chihuahua, la misma que eufemísticamente se ha nombrado “Justicia para Chihuahua” y que dista mucho de la realidad.

Monreal, un político formado en las filas del PRI, profundo conocedor de la cultura política mexicana y del arte del consenso, explica que “desde el imperio romano, los sistemas políticos en decadencia, antes de colapsarse, devoran y destruyen la reputación de sus fundadores y constructores. Y algo más descarnado, pero muy propio de la condición humana: pocos salen a defenderlos y muchos a defenestarlos”.
Por el contrario, Ricardo Monreal aparece como un testigo de 30 años al servicio público de Manlio Fabio Beltrones y le reconoce su perfil como promotor de acuerdos, opositor leal, impulsor de la Reforma Política y, ante todo, un hombre que tiene en su capital político su palabra como garantía.

El mismo reconocimiento le hace Yeidckol Polevnsky, a la sazón candidata de Morena en la CDMX, quien acusa al gobernador de Chihuahua, Javier Corral, de ocultar su incompetencia con acusaciones infundadas contra Alejandro Gutiérrez y de orquestar una campaña mediática manipulada perversamente para embarcar en ese mismo camino a Manlio Fabio Beltrones.
En ese contexto, las acusaciones penales en Chihuahua contra el exgobernador César Duarte y su equipo se caen a pedazos por la politización de la política y la evidente estrategia electoral que pone en duda la certidumbre jurídica, que es el núcleo del Estado de Derecho. México tiene que saber que la justicia en Chihuahua no es confiable y no lo será en tanto se encuentre inmersa en una estrategia electoral.
Cuando se pierde la Palabra no hay diálogo, si no hay diálogo no hay consenso, si no hay consenso no hay paz. La forma primitiva de resolver las diferencias es con el enfrentamiento, con la agresión que pretende imponer por la fuerza un criterio sobre otro, eso mismo le pasa a Chihuahua, donde el poder político hoy se usa para la venganza altamente rentable en el campo electoral, pero no se dan cuenta de que el uso perverso del poder es como la espada de Damocles que cuelga de un hilo llamada soberbia.

Imagen Opinion

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