PITIQUITO : Restauran su historico templo misional dedicado a San Diego


San Diego de Alcalá, Pitiquito

  Pitiquito.- Este proyecto surge a partir del interés de la comunidad pitiqueña por rescatar el patrimonio edificado de la fundación misional de San Diego de Alcalá y, de manera particular, su pintura mural cuyas particularidades iconográficas, expresión plástica, significado histórico, mensaje doctrinal y características técnicas las hacen sumamente relevantes. ​ 

 La ausencia de otros testimonios parecidos en la región hace a estas pinturas incrementan en interés en su estudio y conservación, ya que son pocas las misiones en la Pimería Alta conservan aún un repertorio decorativo tan completo . 

 Fue gracias a la gestión del Pbro. Claudio Murrieta, párroco por muchos años de la Iglesia de San Diego y actual párroco de la iglesia de Cananea, Sonora; y a la respuesta de la Escuela de Conservación y Restauración de Occidente, que entre el año 2007 y 2010 se realizó un estudio detallado del templo y de la pintura mural, logrando como resultado el proyecto de restauración arquitectónica y el proyecto de restauración de pintura mural. ​
Antigua foto de la misión
 Gracias al apoyo de personas e instituciones, el proyecto de restauración arquitectónica se llevó a cabo en el 2016 y actualmente se desarrolla el proyecto de restauración de la pintura mural con el financiamiento del Instituto Sonorense de Cultura. ​ Este sitio tiene por objeto difundir la información generada por parte del proyecto de restauración de la pintura mural, que se centra en la problemática que plantea la intervención de la pintura, desde el punto de vista de su conservación e interpretación

LA PINTURA MURAL 

 El sentido de la pintura mural es principalmente comunicar un mensaje a grupo de personas, por lo que se utiliza un espacio público y monumental, que es elegido según el discurso y el sector de la población a la que se quiere llegar, en este caso, los muros de la iglesia de Pitiquito. Durante la época virreinal, se reconoce el empleo de las pinturas murales como un medio de instrucción evangelizadora, ya que las imágenes tienen la capacidad de comunicar a pesar de las diferencias lingüísticas.



Describen también procesos históricos, sociales y estilísticos relevantes para el estudio de una cultura. ​ El templo de San Diego de Alcalá contiene un conjunto pictórico sumamente interesante por sus particularidades iconográficas, expresión plástica, significado histórico, mensaje doctrinal y características técnicas. La ausencia de otros testimonios parecidos en la región, hace a estas pinturas aún mas relevantes, ya que pocas misiones de la Pimería Alta conservan aún un repertorio decorativo tan completo.
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A través de su estudio, puede aportarse información relevante respecto al discurso teológico de la época, tradiciones y evolución técnica. Es por ello que la restauración, tiene como objetivo fundamental rescatar, por medio de la intervención de restauración, sus valores y significados, y asegurar su transmisión hacia el futuro.

 En el templo de Pitiquito existen varias etapas pictóricas, unas sobre otras. La primera etapa, la mas antigua se conforma por un guardapolvo de color rojo-naranja, de los cuales se conservan fragmentos, y cuatro elementos que remiten a la interpretación del Víacrucis, se tiene la hipótesis de que estas cuatro figuras tan sencillas, alguna vez hicieron la función de marcos para colocar las estaciones del Víacrucis.
Campana
Estos recuadros se encuentran decorados con figuras geométricas: medios círculos, triángulos y ondas, sin embargo, en algunos casos, también se aprecian otros elementos decorativos como figuras que asemejan soles o volcanes en erupción, pero su significado particular se desconoce. Es muy probable que las demás estaciones se encuentren debajo de las pinturas que ahora se observan, sin embargo, el intentar rescatarlas significaría sacrificar las pinturas que se encuentran sobre ellas. ​ Este primer programa pictórico, se ha datado a finales del siglo XVIII gracias a una referencia del P. Antonio Barbastro en 1792 donde menciona que en 1783 se estaban reconstruyendo las iglesias de Pitiqui, San Ignacio, Sáric y Tubutama, haciendo una somera referencia a la pintura mural: “y se han ilustrado todas las misiones” ​

 Con respecto a la segunda etapa de pintura mural, el estilo de las pinturas resulta muy particular y característico ya que es posible observar en su ejecución que se trata de mano de obra carente de formación académica, sin embargo, aunque el trazo de la línea no es fino, se observa un incipiente manejo del color y del volumen. Cabe destacar que los elementos formales no guardan una proporción estricta. ​ 
Medición de coordenadas
 Este ciclo pictórico presenta un discurso teológico complejo, a diferencia de los otros ciclos que son pintura decorativa. Este programa ilustra pasajes bíblicos, del nuevo y antiguo testamento. Dada la temporalidad del programa pictórico mas antiguo (datado a partir de 1784), es muy posible que este segundo ciclo, pertenezca al siglo XIX, sin embargo, no se tiene ningún dato que permita corroborarlo. ​

 Una de las representaciones mas llamativas de este ciclo corresponde a la Inmaculada Concepción, representada de pie, con las manos juntas a la altura del pecho en actitud orante. La cabeza, ligeramente inclinada hacia su derecha, porta una corona sobre su cabeza, rodeada por doce estrellas. ​ Está vestida con una túnica blanca que representa la pureza y un manto azul, color con el que antiguamente se ataviaba a la realeza. ​ Sus pies se posan sobre una luna creciente color negro que, a su vez descansa sobre tres querubines. Todo el conjunto se apoya sobre lo que pareciera ser un montículo de nubes, haciendo alusión que la escena tiene lugar en el cielo. ​ 

 A un costado de la imagen y ligeramente oculto tras el manto, se aprecia un sol de color anaranjado - ocre con rostro humano. ​ La imagen es flanqueada por seis querubines - tres a cada lado -. En la parte inferior izquierda se encuentra la inscripción "Apocalipsis". ​ Esta pintura está realizada como lo norma el pintor español Francisco Pacheco (1564-1644) en su tratado El Arte de la Pintura, sobre como se debe representar La Inmaculada Concepción. ​ ​ ​

Inmaculada Concepción


La Inmaculada Concepción

 La imagen de la Inmaculada Concepción es una advocación a la que los franciscanos tenían especial devoción[2] y que frecuentemente se relaciona con la Virgen del Apocalipsis. Esto no es extraño ya que teológicamente se ha establecido una relación entre ambas advocaciones, incluso Pacheco basa su normativa para la iconografía en referencias bíblicas del Cantar de los cantares y de la mujer del Apocalipsis. 

 Una muestra de ello son las doce estrellas, que se toman de la narración del apocalipsis: "Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas en su cabeza" (Ap. 12:1). Se cree que las doce estrellas aluden a las 12 tribus de Israel referidas en el apocalipsis, protegidas y selladas por los ángeles de Dios: "[...]diciendo: No hagáis daño a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que hayamos sellado en sus frentes a los siervos de nuestro Dios.
Gallo asociado a la Pasión de Jesús
Y oí el número de los sellados: ciento cuarenta y cuatro mil sellados de todas las tribus de los hijos de Israel" (Ap. 7: 3-4). Se ha interpretado que las estrellas representan a aquellos, de cada tribu, que permanecerán fieles en la tribulación y coronan la cabeza de la Virgen; son los fieles que habitarán la nueva Jerusalén: "Tenía una gran muralla, y alta con 12 puertas; y sobre las puertas doce Ángeles y nombres grabados, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel […] la muralla de la ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce Apóstoles del Cordero. ​ ​ 

 Otra de las representaciones que causan mayor interés, es la del demonio que se encuentra al ingreso del templo. Se representa como una figura humana, con músculos desarrollados, con los cabellos erizados y alas de murciélago. Llama la atención el uso de la iconografía antigua, ya que esta figura se representa exactamente como durante el medievo en Europa (Réau: 1996).

En sus manos sostiene una serpiente enroscada, que ha sido empleada para representar a los condenados en cuyos cuerpos se enreda. ​ En la parte superior hay una inscripción en latín que dice: ​ Dominum Deum tuum adorabis et illid soli servies S. Mateo IV:10 ​ que quiere decir: ​ Adoraras al Señor tu Dios y solo a Él servirás S. Mateo IV:10 ​ De la imagen y de la inscripción se puede interpretar la constante asechanza del demonio a los hijos de Dios, con la serpiente en mano, animal del que la serpiente se ha valido ya para tentar al hombre) pronta para atraparlos y arrastrarlos a la condenación. 

Sin embargo Dios mismo ha vencido al demonio, al resistir la tentación en el desierto y demostrando que quien recurre a su protección puede también vencer al demonio. ​ Esta es por supuesto una interpretación en la que habrá que profundizar, tomando en cuenta, además, que tiene una lectura mucho más compleja, asociada a las otras representaciones de la iglesia, pero permite apreciar la profundidad del discurso iconográfico presente en la iglesia de Pitiquito.  ​

                                               ANTECEDENTES HISTÓRICOS 

Los jesuitas llegaron al territorio novohispano en 1572, casi 20 años después que las otras órdenes religiosas. A su llegada se ocuparon dela fundación de colegios y universidades, sin embargo fue en el norte del país, en los límites del territorio explorado, donde su labor misionera tuvo un mayor desarrollo. La región que actualmente conforma el estado de Sonora, estaba poblada por grupos indígenas, cuyas costumbres se adaptaban a las condiciones del área para facilitar la supervivencia, ya que las condiciones territoriales y climáticas son muy extremas. 

A pesar de que estos grupos contaban con formas económicas muy semejantes, poseían tradiciones culturales y sistemas políticos muy variados, lo cual generaba constantes conflictos y levantamientos dentro de las misiones que solían ser muy sangrientas. Fue el Padre Eusebio Francisco Kino, sacerdote jesuita proveniente de Italia, quien estuvo a cargo de la fundación del sistema misional dela Pimería Alta, ilustre personaje, considerado también un importante explorador, cartógrafo, geólogo y astrónomo dela época. 
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El P. Eusebio F. Kino narra, en sus memorias "Favores Celestiales y Relación diaria de la entrada al noroeste" (1985: 20-21), haber ingresado a la Pimería Alta en 1687 por el pueblo de Nuestra Señora de los Dolores, fundando la primera misión en Caborica, a la que nombraron San Ignacio. Al norte de ésta, fundó San José de los Himeris [sic], y al oriente Nuestra Señora de los Remedios. En enero de 1689 narra que había solicitado mas sacerdotes para las nueva misiones: San Pedro y San Pablo de Tubutama, San Antonio de Uquitoa [sic], Santiago de Cocóspera, San Lorenzo del Saric y San Ambrosio del Tucubabia (estas dos últimas actualmente desaparecidas). 

En diciembre de 1689 el padre italiano narra su llegada la Caborca y la fundación dela Misión dela Concepción de Nuestra Señora, dejando en 1694 a San Diego Pitiquito y a San Valentín Bizani como pueblos de visita. ​ En 1706, el sacerdote italiano relata en sus memorias que, al pasar por San Diego del Pitiquito, la iglesia estaba todavía en construcción, por lo cual, a pesar que la fundación del poblado data de 1694, podemos datar el edificio a partir de 1706. En esta misma referencia narra también que estaban construyendo una iglesia pequeña mientras tenían la posibilidad de hacer una más grande, sin  embargo, no se ha encontrado narración en sus memorias o en ninguna otra crónica de una construcción posterior. ​

Pitiquito fue fundado alrededor del año 1694, como parte de una ruta misional de la entonces Pimería alta, que abarca lo que actualmente es el estado de Sonora y Arizona, por el misionero jesuita Eusebio Francisco Kino, con el nombre de la Natividad del Señor de Pitiquin. En 1768, tras la expulsión de los jesuitas, los franciscanos se hicieron cargo de las Iglesias y se cambió el nombre de la misión por el de San Diego. 
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La importancia de la edificación misional de San Diego Pitiquito radica en su valor artístico, religioso, social e histórico, para la comunidad y la región. El inmueble es además un hito relevante en la identidad local, ya que es un espacio de celebración religiosa que integra diversas expresiones de los pobladores en las fiestas patronales en noviembre y en las celebraciones litúrgicas habituales. Esto lo convierte en un lugar querido y apreciado por la comunidad, que ha manifestado su interés por la conservación del templo y de los espacios que lo rodean.
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 Expulsión de los jesuitas Después de casi ochenta años del establecimiento de la orden jesuita en la Pimería Alta, el 31 de marzo 1767, el rey Carlos III decretó la expulsión y confiscación de todos los bienes de los jesuitas de las doce provincias españolas. Cuando la orden de expulsión llegó a Sonora, las autoridades españolas se encargaron de conducir a los jesuitas fuera de sus misiones, reuniéndolos en una embarcación en el puerto de Guaymas (Montené 2003), los frailes fueron recibidos en Nayarit y según referencias del Archivo Provenzal de México, referidas por el Dr. Lizárraga, todos los padres procedentes de Sonora, murieron en el camino (Lizzárraga 1996: 61). Lizzárraga (1996:62) menciona también la permanencia del P. Juan Díaz que, a pesar del mandato real, se hizo cargo de las misiones de Yuma, Bísani y Pitiquito a la salida de los jesuitas, y por lo cual fue nombrado El mártir de Yuma. 
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El autor menciona que reportes escritos por este fraile describen que para este tiempo, gran parte de la estructura de la Iglesia de Pitiquito” había sido destruida, y cuando fue de Caborca a Pitiquito a decir misa se vio obligado a retirar todo su equipo, ya que esta visita estaba totalmente sin recursos”. Periodo franciscano Tras la expulsión de los jesuitas, Fray Antonio de los Reyes (1719-1789), fraile franciscano, procedente de Sinaloa, llegó a la región en el año de 1768 y fundó la custodia misionera de San Carlos, nombrando al padre Francisco Antonio Barbastro, presidente de las misiones de la Pimería Alta. Es el mismo Fray Antonio de los reyes, primer obispo de Sonora, quien describe en un informe enviado al virrey en 1772, las condiciones en las que encontraron el poblado de Pitiquito a su llegada: “El Pueblo de Visita san Diego del Pitiquin dista dos leguas al oriente de Caborca; no tiene Yglesia [sic], ni casa pa. 
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El Misionero” (Transcripción del documento original en Lizzárraga 1996: 64). El P. Antonio Barastro en 1792 menciona en 1783 se estaban construyendo las iglesias de Pitiqui, San Ignacio, Sáric y Tubutama, haciendo una somera referencia a la pintura mural “...se han ilustrado todas (las misiones)”. Gracias a estos datos, es posible datar el edificio, así como el primer ciclo de pintura mural a partir de 1783, por lo que es probable que las etapas posteriores de pintura, fueran realizadas en el S. XIX. ​ 

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Una de las líneas de investigación del proyecto, se enfoca a tratar de encontrar, en los archivos franciscanos, alguna referencia sobre el encargo de la pintura mural que pueda aportar información sobre su temporalidad, discurso y/o materiales.
​ ​ ​ ​https://www.proyectopitiquito.com/restauracion
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