ACTUALIDAD : Carta abierta a los que presumen ser CEO de una empresa de… una persona

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De la Sociedad Mexicana de CEO Conscientes de su Propia Majestad, A. C. a la opinión pública. Con horror hemos visto cómo en los últimos tiempos ya cualquier hijo de vecino es un CEO. Basta con echar un vistazo a LinkedIn, y de repente también en Facebook o Twitter, para notar la enorme cantidad de CEO que hay, de cualquier cosa. 

Claro, podemos ser tolerantes con esos ternuritas que ponen cosas como “Soy CEO en ‘Mi propia vida’ o de ‘Mis perros y mis gatos’. Se entiende que son bromas —medio bobas, hay que decirlo—, y que es mejor poner eso que admitir la amarga realidad de ser ninis, mantenidos, baquetones, arrimados… No: esos casos chuscos no son la causa de nuestra molestia como directivos absolutos de empresas que facturan cifras de por lo menos nueve dígitos —en dólares, ¡ajem!—, que damos empleo a cientos, a veces miles de personitas; que cotizamos en la bolsa, que tenemos oficinas de lujo en algún rascacielos, y que recibimos salarios y bonos anuales que ya quisiera un ministro de la Suprema Corte de Justicia. 

 Nuestro enfado tiene que ver con esos advenedizos que utilizan las sagradas siglas del Chief Executive Officer para decir que son dueños de un “despacho contable” ubicado en un rincón de su sala, o de una lavandería, o de una “agencia creativa”. Negocios modestos que cuando llamas a sus teléfonos (nos han contado, nunca haríamos eso personalmente), a veces es la mamá la que contesta —“¡Hijoooo, te llama un señoooor!”— y mientras esperas a que tome la llamada, en vez de la monótona melodía de espera, se escucha el ladrar de sus perros. Empresas que no son más que la tarjeta de presentación barata, pero eso sí, con las sagradas siglas C-E-O muy vistosas, porque, ya se sabe, nada otorga más prestigio que esas tres letras.
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 Pero es un prestigio mal ganado, señores. No pongan que son CEO si no tienen mínimo un jet privado, o un yate, o ya de perdida un par de camionetas negras último modelo con cuatro guaruras cada una. No nos obliguen a tomar medidas drásticas, como registrar las siglas para que tengan que pagarnos derechos de autor, o mejor aún: instaurar una certificación para que sólo por medio de un organismo internacional y tras una módica cuota de, digamos un cuarto de millón de dólares, se otorgue la licencia de ser CEO, renovable a dos años. 

 Esto es un ultimátum: abandonen sus sueños de grandeza y gánense el título de CEO a pulso… o se atendrán a las consecuencias. 

 Atentamente 

Modesto Lanal Guardado PhD. CEO de Empresas Ubicuas Ltd. Presidente Honorario de Sociedad Mexicana de CEO Conscientes de su Propia Majestad, A. C.


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