10 de enero de 2014

FIESTAS TRADICIONALES Enlútese a la comunidad carnavalera del Pacifico la muerte en Mazatlán de Rigoberto Lewis Rodríguez, "El Rigo Lewis", quien en 54 años dedicados a la confección de carrozas reales del Rey Momo, hizo una escuela cuyos alumnos se encargaran que su memoria perdure por los tiempos

Decía que cumplía reinas, no años, que vivía entre hadas y brujas, que aún después de muerto iba a pedir permiso para regresar a dar una vuelta al Carnaval, soñaba con un desfile infinito y con el amor de un pueblo que nunca le falló. Rigoberto Lewis Rodríguez, "El Rigo Lewis", murió ayer después de más de medio siglo de resumir sueños de los mazatlecos en sus carrozas reales y sus carros alegóricos.
Sufría de hipertensión, comía mal, dormía menos, y en estas fechas, en vísperas de Carnaval, su corazón se agitaba, el rumor de la fiesta que se avecinaba lo ponía contento... y nervioso, los tiempos se apretaban, el dinero no alcanzaba.
Durante el 2013 fue sometido a un cateterismo que sobrevivió con optimismo, pero se le veía delgado y apenas terminó el año. Su familia lo internó en la clínica del ISSSTE el 1 de enero, comenzaron los estudios, el diagnóstico no fue alentador: un derrame cerebral lo mantenía en cama.
El lunes 6 de enero fue operado para intentar salvar su vida, aunque el pronóstico era reservado, la esperanza de que quisiera volver a caminar frente a sus carrozas el Domingo de Carnaval hacían abrigar esperanzas.
Luchó el resto de la semana, pero ayer por la mañana un cuadro complejo de síntomas hizo que los médicos declararan la gravedad de su salud, a las 17:50 horas murió rodeado por su familia. Dominado por un miedo a los aviones que le impidió visitar el mundo, Rigoberto Lewis trajo el mundo a Mazatlán, lo construyó pedazo a pedazo, lo montó en carros alegóricos y los compartió con el resto de los porteños.
Amaba el Carnaval tanto como temía la posibilidad de verlo desde lejos, así que al mismo tiempo que desarrollaba una pasión por la fiesta grande, sus temores por perderlo se iban agrandando; amaba a los que lo aplaudían, pero odiaba a todo aquel que veía como una amenaza para su permanencia entre las carrozas.
Su mundo estaba lleno de colores o de profunda oscuridad, las personas eran hadas o brujas y profetizó que ni muerto abandonaría la fiesta que tanto amaba.
Ayer se fue uno de los personajes que más alimentó esa parte de identidad de los mazatlecos forjada en la alegría de sus carnavales.
Nacido el 14 de febrero de 1935, Lewis aseguraba haber nacido un domingo de Carnaval, custodiado por un Pierrot que lo predestinó para vivir en la fiesta. Conservó hasta el final un amor desmedido por su madre, Catalina Rodríguez, a la que llamaba "Catalina la Grande".
Soñó con un museo dedicado al Carnaval, incluso compró un terreno y dejó los cimientos interrumpidos.
Quiso a sus perros como si fueran sus hijos y se atrevió a dejar indicaciones para la hora de su entierro

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